El gimnasio donde me reencontré conmigo misma después de la separación

Os voy a contar una historia con la que espero dos cosas. La primera sacar todo lo que llevo dentro. Y la segunda que pueda servir de ayuda a alguien. Os doy el titular, el gimnasio se ha convertido en mi refugio, mi lugar seguro después de una separación.

Supongo que sabemos todos de lo que hablamos, ahora que cada vez hay más separaciones, solo hay que ver a los Javis. Cuando lo dejé con mi marido fue cuando todo se derrumbó a mi alrededor y tuve que buscar algo que me sacara adelante. Así fue como llegué al gimnasio que, según me habían dicho, era de “última tecnología”. En ese momento no sabía si necesitaba tecnología o solo paz, pero igual fui.

Desde el primer día me sorprendió lo moderno que era. Las máquinas brillaban como si las hubieran sacado de una película del futuro, y todo estaba tan limpio y organizado que hasta me daba pena apoyar mi botella de agua en las superficies. Yo iba ahí solo para despejarme, pero terminé encontrando mucho más.

Uno de los motivos por los que me animé a inscribirme fue que me llamó la atención el sistema de gestión que utilizaban, algo llamado GestiGym. Yo no soy muy experta en estas cosas, pero me pareció interesante cómo todo se llevaba desde una aplicación: reservar clases, ver mis rutinas, controlar mis horarios…

Animarse

Hasta podía ver mis progresos sin tener que preguntarle a nadie. Un día me animé a preguntarle al dueño sobre eso, porque me daba curiosidad cómo funcionaba. Había tenido varios problemas de seguridad en mis trabajos anteriores y hasta me habían robado el portátil una vez, así que cualquier cosa relacionada con ordenadores me daba un poco de miedo.

Él me explicó, con mucha paciencia, que trabajaban con un servicio de soporte técnico muy seguro. Me dijo que ese servicio no podía acceder a ningún equipo sin el consentimiento del dueño.

El procedimiento es totalmente transparente, el cliente tiene el control de lo que se realiza en todo momento y permite a la empresa interactuar, pudiendo finalizar la sesión el cliente cuando lo desee y denegándo o dando acceso a un programa de gestión de gimnasios cuando lo estime oportuno. La verdad es que es una gozada.

Pero al margen de la tecnología, lo que realmente me salvó fue el ambiente. La primera semana ya tenía un montón de anécdotas divertidas. Como el día en que intenté usar una máquina sin entender para qué servía y terminé pedaleando hacia atrás sin querer. O cuando en una clase de zumba me movía totalmente al revés, mientras el resto del grupo parecía haber entrenado para un videoclip profesional. Al final terminamos todos riéndonos, incluida la instructora, que me dijo que lo importante era disfrutar. Y vaya que disfruté.

Había un chico que siempre se colocaba a mi lado en las clases. Un día, mientras yo intentaba hacer un paso que parecía imposible, me dijo: “Si tú no haces bien ese paso, yo tampoco”. Y empezamos a imitar nuestros errores, exagerándolos, hasta que nos dolía la barriga de tanto reír. Fue la primera vez en meses que me sentí ligera, como si por un momento ya no existiera la tristeza que cargaba encima.

Relaciones

También me encantaba hablar con la recepcionista. Tenía una forma muy especial de hacerte sentir bienvenida. Cada vez que entraba, me decía: “Hoy tienes cara de poder con todo”. Y aunque fuera mentira, me lo creía un poco. A veces le contaba mis torpezas del día y ella me contaba historias aún peores, para que no me sintiera sola. Era como un pequeño ritual que me ayudaba a empezar cada sesión con una sonrisa.

Con el tiempo, el gimnasio dejó de ser un simple lugar para entrenar. Se convirtió en el sitio donde me reconstruí. En cada peso levantado sentía que recuperaba un pedacito de mí. En cada clase daba un pequeño paso más para volver a confiar, para volver a reír sin culpa. Hubo días difíciles, claro. Hubo mañanas en las que no quería salir de la cama. Pero recordaba cómo me hacía sentir estar allí, aunque fuera solo una hora, y eso me empujaba a levantarme.

Lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que, sin buscarlo, encontré un gran grupo. Gente que no conocía nada de mi vida, pero que me apoyaba sin juzgar. Eso que ahora se lleva tanto de miramos pero no juzgamos. Espero que os haya servido como historia, a mí me ha venido muy bien para sacarlo.

 

 

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